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11 agosto 2018

Viajando en fé de Rishikesh a Varanasi

"Death is an illusion which matter is 
constantly trying to prove real".
Prem Baba

En algun punto de la vida, la pregunta llega:

"Acaso estoy listo para partir?"

Esa duda rondaba en mi cabeza los últimos días en Rishikesh, antes de emprender camino hacia el destino final de muchos, Varanasi. Coincidentemente también el destino final de mis 3 meses en India.

Varanasi es conocida por un motivo en especial, por que es auspicioso morir allí. La mitología hindú indica que quienes tienen la suerte de volverse cenizas a orillas del sagrado río Ganges en Varanasi, obtienen Moksha: liberación eterna del ciclo de muerte y reencarnación.



Varanasi es considerada la ciudad más sagrada en el Hinduísmo y por sus tierras caminaron rishis (sabios) y santos de todas religiones. Desde el antiguo musulmán-hindú Kabir hasta el gran Lahiri Mahasaya y el Buddha mismo predicó por primera vez luego de iluminarse, a tan solo 17kms de Varanasi en Sarnath.

La idea de ir a Varanasi había sido una decisión casi de último momento.  Mi plan original era ir a Maheshwar a participar en el Somayag, una gran ceremonia sagrada de fuego que sólo ocurre 7 años. Este era el último gran festival y una buena oportunidad de reencontrarme con mi familia Agnihotra, con quienes viví durante un mes en una granja orgánica en Maharashtra cuando aprendí sobre cultivos orgánicos con uso de antígua sabiduría védica en mi primer viaje a India en 2014.

El viaje a Maheshwar duraría lo mismo que a Varanasi. Era más seguro y quizás conveniente reencontrarme con viejos amigos que irme sola a una ciudad que desconocía y de la cual la única referencia real que tenía era que es la ciudad "de la muerte".

Pero a la hora de sacar el pasaje, como un imán, el llamado a Banaras tiró más fuerte.

Por las calles de Banaras.

Llegué a Varanasi por tierra. Luego de casi 20 hrs de viaje -y más también- ya que el dia anterior, a pocas horas de partir, me había llegado un SMS notificando que el trayecto Haridwar-Rishikesh había sido reprogramado para el día siguiente.

Mejor para mi, ya que cuando me llegó el mensaje estaba en un restaurant con amigas de la escuela de Yoga, a 4 horas de viajar y todavía sin haber resuelto cómo llegar a la estación de Haridwar (desde donde salía el tren a Varanasi).

Por suerte el tiempo que había vivido en Rishikesh, me había hecho amiga de un chico simpático, Satya, que vendía sus pinturas en la calle (y quien hoy enseña Yoga). El mismo día de la reporgramación de mi viaje en tren, le pregunté si sabía como podía llegar a Haridwar. Satya con su gran sonrisa, me dijo que iba a preguntarle a un amigo si podía usar su moto para llevarme. Le dije "Mil gracias, que tierno!" pues claro pensé "mucho mejor pagarle a él que al taxi desconcido".

Al horario que habíamos acordado, de pasada y en la calle -ya que no habiamos intercambiado números- bajé a la puerta de mi precario e incómodo hostel. Un hostel horroroso en el que había pasado los últimos dos días y que claramente me estaba empujando a irme de Rishikesh de una buena vez, ahora que lo pienso.

Bajé a la calle con mi mochila ya de noche y medio rogando que Satya se hubiera acordado de nuestro acuerdo verbal al pasar. A los pocos minutos apareció él con su moto prestada de último momento. A buena velocidad, entre las calles de Rishikesh nos dirigimos a Haridwar varios kilómetros al sur vía ruta. Viento frío en la cara del invierno en los Himalayas, ráfagas de olor a natrualeza y algo de smog. Sentimiento de gratitud y libertad, de nuevo en la ruta hacia lo desconocido. Una de mis sensaciones favoritas en el mundo.

Llegamos a la estación de Haridwar y Satya, quien nunca había considerado el ayudarme como una oportunidad comercial ni cerca, me deseo suerte en el viaje y hasta la próxima sin siquiera pedirme tampoco mi número. Enseñándome una vez más la entrega y pureza que hace al espíritu de la gente de esta tierra. Con ticket en mano, me fui en búsqueda del vagón que me llevaría al último y más misterioso destino del viaje, sin saber que me iba a encontrar.

El ruido hipnótizante del tren, mi mochila asegurada con candado a la reja del compartimento entre los dormis del vagón. Usando mi otra mochila de almohada, cubriendome del chiflón del viento con dos frazadas que habían sabido servir de poncho en las heladas madrugadas antes que salga el sol cuando caminaba hacia las clases de Yoga en Rishikesh.

Un viaje largo y solitario, sin charlas, sin encuentros. Mis compañeros de compartimento, uno de ellos policía, no eran dados a la charla pero por suerte tampoco a la mirada inquisitiva, como suele suceder. A las 6am, el grito de chai chai chai (te) de multiples vendedores que suben en las estaciones de camino, y la feliz realización de que a medida que nos dirigíamos hacia el sur hacia menos frío.

Se acercaba la hora de llegar a destino, arrimando las 5 de la tarde y empecé a notar que el paisaje se ponía levemente menos árido y algo más verde. No se si soñé ver un ciervo,  el cielo anunciaba un cercano atardecer rosa y gris a medida que nos acercábamos a Varanasi. Mi más saliente referencia de esta ciudad "el lugar donde 24/7 se muere y crema gente" me hizo de pronto imaginar que quizás olería a crematorio, por supuesto no fue así.

El tren reducía velocidad y yo ajustando mis mochila, asomaba mi despeinada cabeza por la ventana.  La dirección del hostel que había reservado por las primeras noches era mi único lugar de referencia en esta ciudad.

Sola, aunque siempre sabiéndome acompañada y guiada, empecé a caminar afuera de la estación. Varios conductores de rickshaw ofreciendo llevarme a destino por una cifra que, sabía, era excesiva.

Al lado de los rickshaw a motor, estaban los cycle-rickshaw, probablemente los más pobres de la selva urbana del transporte de personas. Usan sus piernas como tracción, y en su bicicleta con carruaje, llevan a los viajeros y sus bártulos por cifras mínimas. Ganan miserias por día pero es su única forma de subsitir en un país donde sólo sobrevive el más fuerte, el que más soporta.

Sin gritar ni insistir, uno de ellos me convenció, no por precio sino por su actitud de tranquila relajación.

El viajar sola como mujer extranjera en India no es sólo un acto de valentía y fé sino un ejericicio de astuta lectura de cada persona alrededor. Es un constante diálogo corporal con el entorno, donde miradas, tonos y actitudes, son señales que indican aguas seguras o riesgo innecesario. Donde gana el estar relajada pero con aguda intuición como brújula.

Subiéndome al cycle rickshaw (típico del norte de India), atrávesando las nunca pacíficas calles de este país en una desconocida pero extrañamente familiar ciudad que anochecía. Sintiendóme adentro de una película, observando todo a mi alrededor con intensa curiosidad, un mundo nuevo y surreal donde arregladores de zapatos en la calle se mezclan con vendedores de verduras y vacas en el medio de la calle.

La dirección de mi hostel y google maps, nos llevó a mi conductor y a mi, luego de 20 minutos de exhaustivo más increíblemente gracil pedaleo, a un callejón oscuro. Imagínense mi cara, pero más que mi cara la calidad de mi constante diálogo interno con la fuente eterna de guía y sabiduría.
El exacto motivo por el cual soy adicta a viajar por India es el sentirme agarrada, más fuerte que nunca -cual monito a su mamá- al TODO: la única y más pura fuente de fuerza y valor. La voz que invariablemente me responde y dialoga conmigo en cada paso, de una manera que trasciente mi capacidad de explicar.
Mi conductor, cuyo nombre nunca supe, preguntándole a transeúntes y señores de un comercio si sabían donde era mi hostel. Llamé al hostel y alguien supo indicarnos que estábamos cerca pero a una considerablemente laberíntica caminata de nuesto destino. Ni auto ni cycle rickshaw podían acceder por esas microcallecitas que conforman la parte más antigua e histórica a orillas del río Ganges.

Yo con mi mochila, frazada y mini bolso acumulado durante mis meses en India, mirando con cara de venado frente al tren ya que obviamente no había forma que pudiera entender como llegar a mi hostel ni menos accarreando esos no tan livianos bártulos llenos de ropa invernal.

Mi conductor, sin siquiera haber visto mi cara -ya que estaba muy oscuro- no dudó un segundo, "estacionó" su bicicleta a un costado, se cargó mis mochilas al hombro y empezó a caminar entre la gente, yo siguiéndolo como única solución y esperanza. Frenando en cada esquina, preguntando en su idioma y siguiendo.

Quisiera poder recordar con más precisión la sensación que sentía a medida que me adentraba por esas calles. Sé que era una mezcla de asombro por la antiguedad y alma que me rodeaba, sorpresa y fé de que estábamos por buen camino.



Finalmente, llegamos frente a una puerta alta de madera de una casa antigua remodelada en guest-house. Nos abrió una chica sonriente nada sorprendida al ver mi situación. Le conté lo agradecida que estaba con el cycle-rickshaw por haberme guiado y llevado, aún a pie, a destino. Le pedí que le traduciera a él mi agradecimiento y saqué unos billetes para pagarle lo que habíamos acordado más extra 200 rupees (que era más del doble). Apoyando mi mochila en el piso del hostel me miró con humildad y cierta grandeza, negándose a aceptar el dinero extra que le ofrecía. Casi como si fuera un insulto, las dádivas para los pobres, él tiene un trabajo y cobra lo justo, digno. La chica, observando la situación le dijo algo parecido a: "Dale acepta, si ella te lo ofrece por gratitud."

Con cabeza baja y timidez, tomó los billete y se despidió. Una vez más, enseñándome en 20 minutos de interacción y compañía más lecciones que cualquier teoría o libro.

Así empezaban mis días en Banaras. Lugar que hoy gusto en llamar sede de mi alma.



Como se imaginarán, muchas más lecciones e historias se sucedieron en esos días de caminatas sin rumbo ni propósito por calles más antiguas que el tiempo. Rodando mis pasos, uno tras de otro por el simple placer de ser y absorber lo que sea que la vida ofreciera.

Prometo continuar ya que todavía no llegué ni a la mitad de lo que quisiera compartir. Verán el resto en los próximos post, los invito a suscribirse acá al costado derecho.

También, en espíritu de compartir lo que me conmueve y mantiene viva, contarles que en menos de 10 días estaré de vuelta en Banaras. Gracias sencillo blog y audiencia esporádica por ser la perfecta excusa para empezar a sentir que estoy de nuevo allá, aún antes de haberme subido al avión.

ॐ Paz 🕊️

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